InicioCristina Godoy; El signo antes de la palabra - Por Antonio Sánchez

Cristina Godoy; El signo antes de la palabra – Por Antonio Sánchez

La abstracción de Cristina Godoy hace emerger señales, una cruz, un rombo, un trazo que se enrosca, de un fondo atmosférico que nunca termina de cuajar en figura. Pinta el momento exacto en que algo va a significar y aún no significa.

Lo primero que se impone en la pintura de Cristina Godoy es una tensión sostenida con disciplina: el campo quiere disolverse en pura atmósfera y, sin embargo, algo insiste en aparecer dentro de él. Una forma, un signo, una huella que reclama ser leída. Esa pulsión entre la mancha que se expande y el trazo que ordena recorre toda la serie y constituye su asunto verdadero. No estamos ante abstracción decorativa ni ante gesto sin gobierno. Godoy trabaja el instante previo a la legibilidad, cuando el ojo busca una cosa reconocible y la pintura se la concede a medias.

En la obra más despojada del conjunto, una línea negra continua atraviesa un fondo gris azulado, se enrosca en bucles en el borde inferior y enmarca dos formas pétreas, una roja y otra gris, suspendidas sin peso. Ese hilo que dibuja sin levantarse remite a la caligrafía privada de Cy Twombly, donde el garabato era una escritura ilegible que conservaba toda la urgencia del acto de escribir. Godoy comparte esa intuición: la línea no describe, anota. Y la anotación deja en la superficie la temperatura de quien la trazó. La firma misma de la artista, ese remolino que aparece en una esquina de otra pieza, no es rúbrica añadida sino prolongación del mismo impulso gráfico que organiza el cuadro.

El otro polo de su trabajo es atmosférico y cromático. En las telas de fondo naranja y violeta, o en las verdes oliva, el color funciona como meteorología emocional: un clima dentro del cual la forma se agita. Aquí la genealogía pertinente es la abstracción lírica europea y, muy en concreto, una pintora como Joan Mitchell, que entendió el campo cromático no como decoración sino como paisaje interior con su propia presión barométrica. Godoy maneja esa herencia con un sentido firme del contraste: la masa amarilla y negra que estalla en un ángulo, el doble arco rojo que corta en diagonal una tormenta gris verdosa. El color nunca es plano. Lleva dentro la velocidad con que fue puesto.

Conviene detenerse en un rasgo que organiza buena parte de la colección: la recurrencia de signos elementales. La cruz roja y blanca que domina It was only a dream, el rombo lineal que flota sobre franjas azules, el aspa que se repite en varios fondos. Estos signos sitúan a Godoy en una tradición española mayor, la de Antoni Tàpies, que convirtió la cruz, la equis y la marca rudimentaria en un alfabeto material cargado de memoria, entre la pared encalada y el muro escrito. La diferencia es de temperatura. Donde Tàpies sedimentaba materia hasta el espesor del muro, Godoy mantiene la superficie respirable, casi aérea, y deja que el signo emerja del vapor en lugar de incrustarse en la costra. El sustrato simbólico es parecido. La piel pictórica es opuesta.

Hay además un eco del informalismo español de posguerra, del gesto negro y dramático que cultivó El Paso, reconvertido aquí en algo menos sombrío y más respirado. Esa filiación importa porque ancla a Godoy en una historia local sólida y la aleja del abstracto internacional indistinto. El riesgo que asume su pintura es preciso: bordear lo reconocible sin caer en ello. Una forma que insinúa una barca, un cuerpo sentado que asoma entre brochazos verdes, una figura alada que casi se nombra. La obra apuesta a quedarse en ese filo, y lo sostiene.

Quien se acerca a esta pintura recibe primero el clima y, un instante después, descubre el signo agazapado dentro. Godoy pinta el umbral en que la materia está a punto de hablar. Mantiene abierta esa promesa sin gastarla, y en esa retención está su madurez. Una abstracción que no grita ni se explica, y que precisamente por eso retiene la mirada más tiempo del previsto.